Las aplicaciones de citas y la precarización del deseo
- Male Cig
- 5 jul 2022
- 5 Min. de lectura
Durante la cuarentena por la pandemia de Coronavirus, las aplicaciones de citas batieron récord de descargas. Miles argentinos cuentan en sus celulares con una galería de personas para mirar, elegir y descartar. ¿Son Tinder y Hapn las responsables de la deshumanización de las relaciones entre las personas? ¿Qué alternativas podemos construir?
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En su libro, “El fin del amor, querer y coger”, la filósofa Tamara Tenembaum analiza las relaciones sexoafectivas en la era digital. El capítulo “La chica al otro lado del teléfono” está especialmente dedicado a las “aplicaciones de levante” como Tinder y Happn. Y es un tema clave, si tenemos en cuenta que la Argentina es vanguardia en el uso de estas “tecnologías del deseo”, con 15 millones de usuarios en Tinder y 2 millones en Hapn.
Una de los planteos centrales del capítulo es que los intercambios que se producen en estas plataformas se parecen mucho a un intercambio comercial. Al crear un perfil, se accede a una base de datos de millones de personas que buscan una relación y con un solo movimiento de la mano en la pantalla se puede dar like o rechazarlas, como quien mira zapatos que posiblemente no va a comprar. La selección de una pareja sexual o afectiva, se vuelve racional y fría, se analizan datos duros como fotos y frases de los candidatos que deben llenar ciertos requisitos y las citas se parecen mucho a una entrevista laboral. Las aplicaciones prometen evitar rechazos y malentendidos, pero según el estudio de Tamara Tenenbaum, parecen lograr exactamente lo contrario: la mayoría de los usuarios las perciben como espacios tóxicos en los que se sienten expuestos. Aún así los siguen usando porque, según dicen, no encuentran espacios en los que conocer gente.
La autora concluye que en las aplicaciones de citas se lleva al extremo la idea de un mercado del deseo, en el que los cuerpos están ausentes y donde las personas se vuelven objetos de consumo y descarte. De todas maneras, aclara que las plataformas no son la fuente de todos los males, sino que allí se reproducen lógicas deshumanizantes y patriarcales de larga data.
Como señala el sociólogo Manuel Castells, en sus estudios sobre lo que él llama la sociedad informacional, es importante no extrapolar linealmente las características de las nuevas tecnologías sin tomar en cuenta las condiciones históricas en las que surgen. Desde este punto de vista, podemos tratar de pensar qué relación existe entre estos vínculos precarios construidos en las aplicaciones de citas con las relaciones que se construyen en otras esferas de lo social. ¿Qué tiene que ver el uso rutinario y despersonalizado de Tinder con la explosión de plataformas como Uber o Rappi? ¿Cómo se construyen las relaciones en un contexto en el que abundan los trabajos en negro, a distancia y freelance? Según el autor español, una de las características centrales de la sociedad de la información es la flexibilidad como una condición necesaria para la formación de la nueva economía mundial. Es una fórmula organizativa que permite la adaptación constante de las empresas a las condiciones variables del mercado mundial. Esa “flexibilidad”, redunda en la falta de derechos laborales para los trabajadores y condiciones de extrema miseria para quienes se caen del sistema. ¿Es entonces culpa de las redes la deshumanización y la construcción de vínculos precarios?
En el siglo XIX, Carlos Marx ya hablaba de la alienación como uno de los pilares de la sociedad capitalista. Al convertir al trabajo humano en una mercancía, se deshumaniza a los obreros y se los convierte a ellos mismos en mercancías, haciendo de las relaciones entre las personas relaciones entre cosas. El teórico alemán, también investigó el proceso de acumulación originaria del capital para dar cuenta de cómo la burguesía forjó una fuerza de trabajo disciplinada a base de expropiaciones, persecuciones y ejecuciones.
En su libro, “El Calibán y la bruja” Silvia Federici analiza este proceso desde un punto de vista feminista y hace foco en la conquista brutal del cuerpo de las mujeres como productoras y reproductoras de la fuerza de trabajo. La autora repasa cómo desde los inicios del capitalismo, la burguesía buscó dominar los cuerpos de las mujeres y su capacidad gestante como forma de asegurar la reproducción de la fuerza de trabajo, que se había convertido en la mercancía por excelencia y la condición para la generación de plusvalor. Es entonces cuando se instaura el concepto de crímenes reproductivos y la caza de brujas. Se impone el uso exclusivamente procreativo de la sexualidad, y se persigue y quema en la hoguera a las mujeres que usan o difunden métodos anticonceptivos. Las mujeres son expulsadas de sus trabajos tradicionales y del mercado y se produce la privatización de las tareas domésticas, que pasan a ser exclusivamente femeninas. Este trabajo no remunerado es también central en la reproducción de la vida en la medida en que asegura que el trabajador pueda comer y vestirse para volver al día siguiente a la fábrica. Así se impone la dependencia para las mujeres, la feminización de la pobreza y un modelo de mujer que tiene sus reminiscencias siglos después.
En el Siglo XVIII se instaura lo que Foucault llama la Sociedad disciplinar, en donde el estado pasa a administrar y garantizar las condiciones de vida para los individuos y la población. A través de la vigilancia y el control busca disciplinar los cuerpos, administrar su potencia y energía para ajustarlos a fines políticos, económicos y productivos. El poder se ejerce centralmente sobre el cuerpo, entendido como máquina para la producción y como portador de la especie. Las instituciones de encierro como las cárceles, los hospitales y las escuelas se convierten en un factor fundamental para el control y la normalización. El poder, ejercido en nombre de la ciencia interviene los cuerpos, define los que es normal y prescribe las pautas de cómo se debe vivir.
En el mundo contemporáneo, según el filósofo Gilles Deleuze vivimos en una Sociedad de Control, en la que el poder ya no está relacionado a un disciplinamiento del cuerpo físico, sino al control, que puede ser ejercido de manera remota y continua. Es un tiempo marcado por la flexibilidad, la adaptabilidad y la deslocalización de los procesos productivos y de poder. Las formas de control ya no son compartimentos estancos, sino que se vuelven continuas y una presencia permanente en las vidas de las personas. Los límites espaciales y temporales entre el trabajo y el ocio se vuelven cada vez más difusos y el control invade permanente sobre todos los aspectos de la vida.
Lo llamativo es que ese sometimiento aparece como voluntario y autoadministrado. Son los propios sujetos los que se ven obligados a perseguir determinadas metas, a venderse en el mercado y ser su “propia empresa”. El marketing y el automarketing se vuelven centrales. En este esquema, el consumo y el endeudamiento son factores de disciplinamiento y sometimiento al capital financiero.
La lectura de estos autores, sugiere que la deshumanización de las personas y de las relaciones sociales tiene una historia larga y compleja. Es posible que el repliegue a lo privado, la precariedad laboral y la extrema miseria de nuestro mundo contemporáneo sean la clave para comprender los problemas que se expresan en las relaciones afectivas y la “dificultad para conocer gente” de la que hablan los usuarios de las aplicaciones de citas. Es posible que también sea un factor importante la pérdida de espacios públicos, comunitarios y políticos en donde construir vínculos alternativos y más interesantes que los virtuales.
Las respuestas, más que en un rechazo a las redes sociales, parecen estar en torno al planteo que hace la antropóloga Rita Segato: Solo un mundo vincular y comunitario puede poner límites a la cosificación de la vida.



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